Introducción
Una cruz se forma cuando cuatro caminos se cruzan. Cuatro caminos que podrían ser muchos más, quizá infinitos. Cuatro puntos cardinales que podrían simbolizar una amplia variedad de procedencias diversas. La familia responde bien a este modelo. La comunidad de vecinos, el barrio, el pueblo, la ciudad… la sociedad, también. En su cruce, los caminos, las vidas, configuran un punto común, un punto donde es posible encontrarse o enfrentarse. Pero, a pesar de muchos enfrentamientos, un espacio donde encontrarse debería ser siempre posible si descubrimos un terreno que sea común, que pertenezca a todos. Un espacio donde nadie tenga su uso exclusivo, y mucho menos su propiedad. Donde nadie pueda imponer normas de forma unilateral, ni establecer formas específicas de comportamiento, que serían limitadas y parciales. ¡Es espacio común!
En nuestra cultura, a menudo, se nos presenta la cruz con Jesús de Nazaret clavado en ella. Tiene cierta lógica, porque es el símbolo del cristianismo y el punto central de la fe cristiana. En una sociedad laica y plural, sin embargo, este símbolo representa solo uno de los múltiples caminos de la vida que se cruzan. Hay una representación escultórica del Crucificado que, desde hace muchos años, me provoca un trasiego interior especialmente relevante. Se trata de la obra de Demetri Kontos (1925-2001), artista de Cadaqués, que preside el presbiterio de la Parroquia del Port de la Selva. La cruz es inexistente y se limita a unas líneas sobre la pared blanca, como si se tratara de un mapa de caminos. La figura de Jesús, de hierro, deja entrever el fondo, como si el artista quisiera simular una cierta transparencia que invita a mirar, a pensar, a ir más allá. Pero lo que a mí siempre me ha cautivado es el vacío central que presenta la figura de Jesús. Una puerta abierta, imposible de cerrar. Una especie de vacío que invita a entrar en él, un vacío que parece querer acoger todos los vacíos existenciales de la humanidad. También el mío, claro. Un vacío que, cuando murió mi hija mayor, descubrí en toda su profundidad. Un vacío que supo plasmar con gran expresividad el artista plástico y escultor rumano Albert György (Lueta, Transilvania, 1949), en su obra situada en Ginebra (Suiza), que se titula «El vacío del alma» (también Melancolía). Posiblemente, en algún momento que no sabría precisar, esos dos vacíos se han unido dentro de mí.
Y los encuentros suelen ser generadores. El encuentro de dos vacíos que son conscientes de que solo el Amor puede calmar su sed de inmensidad resulta, seguramente, extremadamente fecundo. Estos últimos años he ido recorriendo un camino que me ha llevado de un vacío al otro. Del vacío inmenso dejado por la ausencia de una vida sin palabras y llena a rebosar de amor, a aquel vacío de Amor, amparo y refugio de todos los demás vacíos. Este camino me ha llevado a explorar la profundidad de la condición humana en un recorrido de ida y vuelta entre lo más íntimo del ser humano y su capacidad relacional. Un camino que más bien es una espiral que permite a la persona descubrir, en la hondura de su ser, su intrínseca capacidad de relación; y, en la riqueza de su tejido de relaciones, su más profunda humanidad. Una espiral que, con sorpresa, he descubierto que confluye en un punto de encuentro, en un espacio común. El Cristo de hierro de la iglesia del Port de la Selva podría llamarse La cruz de todos. Seguramente no es así, pero aquel vacío en el centro de la figura del crucificado lo sugiere. Un cruce de caminos, un espacio abierto, vacío, donde la humanidad puede reunirse.
¿Quiénes son todos?
El vacío de la cruz, un espacio para todos, sin exclusión de ningún tipo. Pero ¿quiénes son todos? De hecho, si este cruce ha de ser un espacio donde encontrarse sin ningún indicio de exclusión, conviene asegurarse de que el término «todos» no sea solo un recurso semántico. En catalán, ciertamente, la expresión «tothom» tiene vocación de ser inclusiva, ya que se utiliza para referirnos a todas las personas, hombres o mujeres, cualquier persona venga de donde venga, piense lo que piense, sea quien sea… Pero, ya se sabe, una cosa es el dicho y otra el hecho. Es habitual utilizar el término «todos» para referirse a un colectivo determinado, lo cual sería, en cierta manera, una contradicción en sí mismo. En una clase, decimos: mañana todos deben traer el trabajo; un «todos» que afecta solo a los alumnos. En una iglesia, decimos: el domingo que viene todos están invitados a la celebración…; un «todos» que, muy probablemente, incorpora de manera subyacente un horizonte que no pretende ir más allá de los feligreses. Serían muchos los ejemplos en que, consciente o inconscientemente, la palabra «todos» lleva incorporado un círculo, tan amplio como se quiera, pero nunca del todo universal.
Las personas de confesión cristiana podemos preguntarnos: Y para Jesús, ¿quiénes deben ser «todos»? El Evangelio no engaña. Podemos escoger de aquí y de allá y, sin mucho esfuerzo, podremos hacernos una idea suficientemente clara.
Las personas humanas somos proclives a clasificar. Lo hacemos con las especies, con el conocimiento, con las cosas… y también con las personas. En un mundo muy polarizado, la clasificación de las personas es entre buenos y malos. Nosotros, naturalmente, nos situamos del lado de los buenos y, sin darnos cuenta, nuestro «todos» acaba en el umbral donde habitan los malos. A menudo nos gustaría que aquellos malos no estuvieran allí, que se convirtieran o dejaran de molestar. Algo parecido le plantearon los apóstoles a Jesús cuando querían eliminar las malas hierbas (la cizaña) de los campos de trigo. La respuesta de Jesús es inequívoca: «No lo hagáis, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la siega» (Mt 13, 29). Por si quedaba alguna duda, en otro pasaje, Jesús, después de indicar que hay que amar a los enemigos, añade: «Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 45). No parece que Jesús sea partidario de demasiadas clasificaciones. Su «todos» no excluye a nadie. Sin embargo, Jesús en la cruz muestra plenamente que su sufrimiento no disminuye su inclusividad. De hecho, dice a uno de los dos criminales que lo acompañaban en el Gólgota: «En verdad te lo digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Una promesa de paraíso que no consta que hubiera hecho a nadie a lo largo de su vida, ni siquiera a alguno de sus discípulos o seguidores. La hace a un criminal, señal de que su «todos», como su amor, no tiene límites…
El mundo que hemos construido provoca el empobrecimiento, siempre injusto, de muchas regiones del planeta. Sus habitantes se ven empujados a marchar hacia otros lugares donde refugiarse de la violencia, la pobreza, la devastación del medio natural, el expolio… Esto provoca muchas tensiones y grandes retos a la convivencia entre las personas autóctonas de un lugar y aquellas que han llegado desde otros lugares. La diversidad necesita diálogo y no etiquetas clasificatorias que estigmatizan y crean prejuicios. También aquí el «todos» puede reducirse, queriéndolo o sin quererlo, a aquellas personas que llevan la misma etiqueta. ¿Qué dice Jesús? Miremos lo que dice uno de los primeros «aprendices de cristiano», el apóstol Pablo: «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer: todos sois uno solo en Jesucristo» (Ga 3, 28). Y en otra carta, el mismo Pablo dice: «Aquí ya no hay griego ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni escita, esclavo ni libre; solo hay el Cristo, que lo es todo y está en todos» (Col 3, 11). Esta afirmación, Pablo la hace después de haber dicho: «No os engañéis los unos a los otros, vosotros que os habéis despojado del hombre viejo y de sus obras y os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando a imagen de su creador y avanza hacia el pleno conocimiento» (Col 3, 9-10). Parece como si Pablo, el apóstol de los diferentes, nos estuviera dirigiendo hacia el espacio común: Jesús, el hombre nuevo, renovado a imagen de su creador. Es decir, custodio de la Trinidad, diversidad de Personas distintas, en absoluta Unidad. Quizá este sea un primer paso, pero no el definitivo, como veremos más adelante.
En general, los hechos nos dicen más que las palabras. Por eso, puede ser útil algún ejemplo de cómo Jesús no solo predicaba un «todos» sin límites, sino que lo practicaba en su vida cotidiana. Por ejemplo, a la hora de la comida: «Más tarde, mientras estaba a la mesa en su casa, acudieron muchos publicanos y otros pecadores y se pusieron a la mesa con Jesús y sus discípulos» (Mt 9, 10). Sabemos cómo reaccionaron los que estaban instalados en su «todos» de hombres buenos. También cuando tiene sed en el pozo de Jacob y pide agua: «Dame agua […]. ¿Cómo es que tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?» (Jn 4, 9). Sabemos que la mujer, además de ser mujer y samaritana (es decir, extranjera), era una mujer de vida turbia. Jesús no le hace un discurso, le pide agua. Hacer un sermón habría situado a los dos personajes del pasaje en dos círculos diferentes: el del hombre bueno y el de la mujer mala. Pidiendo agua, Jesús establece un puente por el que poder llegar a un punto de encuentro.
Hay otro pasaje que siempre me ha parecido muy relevante. Es del Evangelio de Mateo: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18, 20). Jesús promete su presencia, la presencia de Dios, allí donde haya dos o tres personas que se reúnan en su nombre. No pone ninguna etiqueta a las personas, no dice quiénes han de ser, ni qué carné han de tener, ni a qué club han de pertenecer. Dice, sencillamente, dos o tres, un círculo bastante amplio, un todos inclusivo.
Sorprende la capacidad de Jesús para dejar siempre espacio al encuentro. Encontramos en el Evangelio de Juan un diálogo entre Pilato y Jesús (Jn 18, 37-38). Dice Jesús: «Todos los que son de la verdad escuchan mi voz». Le dice Pilato: «¿Y qué es la verdad?». Y Jesús, que había dicho «yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), no responde. Creo que Jesús no calla por miedo, ni para ocultar su condición divina, sino para dejar abierta la posibilidad de encontrarse. De la misma manera que en la cruz da la oportunidad a sus verdugos de hacer un último acto de misericordia. «Después de esto, Jesús, sabiendo que ya todo se había cumplido, para que se acabara de cumplir la Escritura, dijo: tengo sed» (Jn 19, 28). También en aquel momento especialmente difícil da una remota posibilidad al amor, al encuentro, al vínculo.
He escogido estos pasajes, pero podrían ser muchos más. Sin embargo, hay uno, también en el Evangelio de Juan, que disipa cualquier duda sobre la universalidad del «todos» de Jesús: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17, 21). Estas palabras forman parte de la oración más audaz que Jesús dirige al Padre, en una intimidad inimaginable. Lo hace poco antes de que comenzara el proceso de su Pasión y muerte en la cruz. De hecho, dicen que es su última oración con los discípulos. Parece, pues, algo más que un deseo, quizá un testamento. Jesús, en la profundidad inalcanzable de su dolor, pide, suplica al Padre un punto de encuentro para todos. Un lugar donde sea posible, en la más genuina diversidad, la unidad más radical, aquella que constituye la vida misma de la Trinidad. Como hemos visto antes, el apóstol Pablo ya nos presenta a Jesús como el hombre nuevo, el hombre-mundo, que reúne a todos. Pero ese «todos» que Jesús suplica al Padre, ¿puede excluir a los que no creen en Él? Sabemos que la respuesta tiene que ser: no, pero, por el momento, dejemos la pregunta abierta.
¿Quién hay en la cruz?
Sea como sea, Jesús después de aquella oración acabó en la cruz. Y con la cruz pasa como con los cruces de caminos: a veces parecen desiertos, a veces hay un trajín intenso y, en algunas ocasiones, tenemos la sensación de estar allí solos. De representaciones de la cruz se han hecho de todo tipo a lo largo de la historia. Durante los siglos I y II no se ponía la figura de Jesucristo; más adelante comenzará a aparecer sin muestras de sufrimiento, más bien majestuoso. No será hasta los siglos XIII-XIV cuando se empiezan a encontrar cruces con un Jesús sufriente. Hoy en día, salvo la «cruz de término» presente todavía en muchas poblaciones, hay que buscar la cruz solo dentro de las iglesias, ermitas, conventos y santuarios. Encontraremos de todo tipo. En ocasiones la cruz está desnuda, sin ninguna figura humana; en otras, el artista juega con el perfil de la cruz para provocar una sombra que parece una figura. Representaciones desde el arte moderno o contemporáneo, y también del más puro clasicismo. Diversidad de inspiraciones, diversidad de caminos, que llevan a un mismo cruce. De hecho, la «cruz de término» generalmente se encuentra a la entrada de la población, allí donde comienzan las calles, donde los caminos se cruzan, punto de encuentro de las diversidades, de la gente del pueblo y de los de fuera…
Hay cruces de madera, unas más sólidas, otras más frágiles y porosas. Las hay de piedra áspera y de mármol fino. También las hay de hierro, sencillo y humilde; y de metales y piedras preciosas, que nos recuerdan los contrastes de la vida. Y cuando en la cruz hay alguna figura, esta es la de un hombre: Jesús de Nazaret. Un aprendiz de carpintero, aún joven, juzgado sin justicia, condenado sin delito y ejecutado con la pena más cruel y humillante. En la cruz hay un hombre fracasado. Punto de encuentro de los muchos fracasos que hombres y mujeres experimentamos a lo largo de la vida: dolor, pérdida, enfermedad, sufrimiento, angustia, soledad, injusticia, incomprensión, desorientación, desánimo, falta de sentido… muerte (la cruz de todos). Punto de encuentro, también, de la diversidad de miradas depositadas sobre esta figura desfigurada. Para unos es solo un carpintero fracasado; para otros, un profeta medio loco; para otros, un hombre bueno víctima del poder de la época; y, para muchos, el Hijo de Dios.
Para todos los cristianos a lo largo de los siglos, en la cruz está Dios hecho carne agonizante. Y al pie de la cruz, una mujer, una ama de casa; María, su madre. Y otra mujer, María Magdalena. La Madre virgen y la mujer de vida atormentada, reunidas en el punto de encuentro de la cruz. Un círculo sin límites. Punto de encuentro de todas las madres (y padres) que a lo largo de la historia han perdido a sus hijos o hijas. Una pérdida que siempre parece fuera de lugar, fuera de tiempo y que demasiadas veces llega de la mano de las injusticias, el hambre, las violencias o las guerras. Un hombre y una mujer, un hijo y una madre, dos corazones encogidos por el sufrimiento extremo. Punto de encuentro de todos los sufrimientos de la humanidad entera. Y María Magdalena. Y los soldados, y algunos curiosos. Para unos, se había hecho justicia; para otros, se había cometido una injusticia. Para los seguidores de Jesús, era un escándalo de grandes proporciones. Dios, muerto en una cruz, en un cruce de caminos que amenazaba con convertirse en diáspora, en lugar de punto de encuentro. Sí, eso había en la cruz. Pero no todo puede ser tan aparente, tan simple… todavía hay mucho más.
El grito
Sí, debe haber algo más. Creamos lo que creamos, si superamos el escollo de los prejuicios, posiblemente intuiremos que allí, en aquella cruz de todos, hay algún misterio, algo que se nos escapa. Ser cristianos no nos exime del misterio; la creencia nos aporta esperanza, creemos que Jesús venció la muerte y que el Amor es siempre más grande que la muerte. Aun así, el centro de la fe y la cultura cristianas sigue siendo la cruz. En la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto les dice: «Mientras estaba en medio de vosotros, decidí no conocer nada más que a Jesucristo, y aún crucificado» (1Co 2, 2). Aquellas horas en el Gólgota esconden algún secreto de profundidad insondable. No parece insignificante un hecho que los cuatro evangelistas recogen en su Evangelio: Jesús no murió solo: «Juntamente con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda» (Mc 15, 27). Además de María, María Magdalena, Juan y algunos acompañantes que podrían considerarse partidarios suyos; y de los soldados que estaban allí por obligación, con Jesús fueron ejecutados dos malhechores. Jesús, a la hora de su muerte, estaba en medio de dos hombres que no debían ser muy buena gente para acabar de aquella manera. El mensaje de la escena parece claro: Jesús murió también por aquellos dos. De hecho, murió por todos, el todos de verdad, aquel que no excluye. San Pablo dice a los corintios en la segunda carta: «Y él ha muerto por todos» (2Co 5, 15).
Es decir, Jesús muere por todos y, además, antes de morir había suplicado al Padre «que todos sean uno». ¿Cómo puede ser posible esto, si hay gente que no cree que Jesús fuera Dios? Gente que no cree en nada trascendente. Gente que cree en otros dioses. Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, receptora del carisma de la unidad, sitúa la centralidad del carisma recibido en el misterio que esconde aquella cruz de todos. La unidad de la familia humana es la respuesta a aquella súplica de Jesús: «Que todos sean uno», y Jesús en la cruz es su clave. Pero Chiara Lubich se fija en un momento absolutamente especial del sufrimiento de Jesús, aquel que, según ella, representa la cima de todos los sufrimientos experimentados por Jesús: su abandono. Desde una perspectiva seguramente corta de miras, parecería que habría muchas otras maneras de redimir a la humanidad, de mostrar al mundo la grandeza y la potencia de Dios. Pero no, su majestuosidad fue experimentar la nada. Dice el evangelista Marcos: «Y a las tres de la tarde, Jesús gritó con toda su fuerza: —Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani? —que traducido quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mc 15, 34). Este grito, creo firmemente que es el cruce de la cruz de todos, donde es posible el sueño de Jesús “que todos sean uno”, el único lugar donde el “todos” no tiene límites. El único lugar donde todos pueden encontrarse, el único lugar donde es posible construir, tejer, la fraternidad universal…
No quiero hacer teología, ni barata ni cara, porque no sé. Solo recojo y comparto una experiencia espiritual, un camino espiritual, orientado e inspirado por el Ideal del carisma de la unidad: caminar para hacer posible la súplica de Jesús «que todos sean uno». Una súplica donde el «todos» es un «todos» sin límites. De lo contrario, el sacrificio de Jesús en la cruz habría sido en vano. Detrás de aquel grito, creo que hay un cruce, un punto, un instante, un infinito, un misterio insondable. Es, posiblemente, solo un instante, un momento en que Jesús se siente abandonado de Dios. Dolor inimaginable. Momento en que Jesús es solo hombre, el único momento de su vida en que solo fue hombre. El momento más importante de toda su vida, la cima de la redención. Jesús, al «dejar» de ser Dios, abre un punto de encuentro: nuestra humanidad compartida, la suya y la nuestra. Jesús, que forma parte de la Trinidad, en aquel momento abre una herida a través de la cual todos, de alguna manera incomprensible, pasan a formar parte de ese modelo de convivencia que permite «que todos seamos uno». Siendo el momento de máximo sufrimiento de Jesús, es también el momento en que la medida de su amor se hace ilimitada, incondicional. El espacio abierto es un espacio de amor sin límites. Y aquí cobra relevancia aquello que Jesús había dicho a sus discípulos en el contexto de la última cena y después de haberles lavado los pies: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros tal como yo os he amado» (Jn 13, 34). Frase que incluye un adverbio trascendental: como. La medida del amor radica en ese «como». Jesús llegó al extremo de perderlo todo como hombre y de «perder» también, en cierta manera, su condición divina en el momento en que se sintió abandonado del Padre. Solo así es posible que el círculo del «todos» no tenga límites. Por eso, posiblemente, este mandamiento de Jesús pervive a lo largo de la historia en lo que se considera la «regla de oro»: «Trata a los demás como te gustaría ser tratado». Una frase aceptada por casi todas las religiones y también por personas sin ningún tipo de referencia religiosa. Un modelo de convivencia que no se detiene en las creencias, que no pone ningún tipo de etiqueta, que responde al «todos» del centro de la cruz.
Humanidad
Los cristianos diríamos «divina humanidad», porque Jesús nos ha redimido y esto nos ha dado la dignidad de hijos de un mismo Padre, hijos de Dios, de alguna manera «divinizados». Pero hay vida más allá del cristianismo. Hay gente que no cree en Jesús ni en su redención, ¿está excluida de aquel «que todos sean uno»? ¿Jesús vivió y padeció solo por unos pocos? Sabemos que no. Dice el evangelista Mateo: «Cuando Jesús supo que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea; pero dejó Nazaret y se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en los territorios de Zabulón y de Neftalí» (Mt 4, 12-13). Los territorios de Zabulón y Neftalí eran zonas paganas, de depravación, corrupción y mala vida. Jesús no fue allí de visita o de paso. Mateo dice: «se fue a vivir». Demasiadas evidencias para excluir a nadie de este espacio de encuentro abierto por Jesús en la intersección de la cruz.
Tengo la convicción de que, en aquel instante de humanidad desnuda de Jesús, una humanidad que es también la nuestra, está la posibilidad (quizá la única) de encontrar un punto de encuentro sin límites. Un espacio de relaciones sin etiquetar, de encuentro infinito para caminar juntos, compartiendo aquello que nos une profundamente: la condición humana. Una condición que Jesús alcanzó también en exclusiva, aunque fuera por un momento, abriendo así la puerta de ese punto de encuentro infinito. Porque Jesús no vino a etiquetar, sino a unir respetando la diversidad. No nos encontraremos en ninguna de nuestras identidades, que siempre serán círculos limitados y cerrados, por muy amplios que pretendan ser. En cambio, sí que podemos encontrarnos en la única etiqueta que compartimos: la de humanos. Pero ¿qué quiere decir encontrarnos en nuestra desnuda humanidad?
La hondura de la condición humana es, posiblemente, inalcanzable. Por eso, solo menciono brevemente algunos rasgos de nuestra humanidad que creo que favorecen el encuentro entre nosotros y, seguramente, también con Dios. El hecho de que somos seres relacionales por naturaleza hace que todo lo que llevamos dentro se dirija a la relación y nos hace conscientes de que solo las relaciones nos pueden permitir descubrir en profundidad la humanidad que compartimos. Algunos de estos elementos que considero básicos son:
Caminar abiertos a la dimensión espiritual que habita dentro de nosotros. Cultivar nuestra interioridad, la escucha de la conciencia, la capacidad de discernimiento que espera la respuesta ética que brota de nuestro interior. La espiritualidad nos abre al encuentro, a buscar la relación fraterna.
El diálogo con nosotros mismos nos hace conscientes de nuestras limitaciones, de las de los demás, de las del entorno. Esta conciencia nos sitúa en la humildad necesaria para saber que el encuentro solo puede ser enriquecedor.
El encuentro enriquece mutuamente, y esto abre la puerta al agradecimiento y a la confianza: solo juntos podemos aspirar a encontrar sentido a lo que vivimos, a las cosas que pasan y a las que nos pasan.
La dignidad es consustancial y común a la condición humana. Encontrarnos codo con codo, en un espacio común, compartido, nos hace más conscientes de la dignidad inalienable de toda persona, más allá de las diferencias más profundas.
La igual dignidad empuja a desarrollar la profundidad de la empatía, una capacidad de la naturaleza humana que nos hace mejores, nos cura, mejora el mundo y nos compromete los unos con los otros.
Las personas humanas llevamos incorporada una herramienta fundamental para superar las dificultades de la vida, de las relaciones; los obstáculos de los enfrentamientos y las divisiones: la paciencia, la virtud de los fuertes.
Los seres relacionales estamos dotados, inevitablemente, de la capacidad de diálogo, de conversación, de comunicación. El diálogo que sigue el modelo trinitario es un diálogo que fecunda y transforma.
Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Por eso somos relación = Trinidad. Unas relaciones empapadas de amor, porque: «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4, 8). Sin el amor, la vida de relación sería un infierno; por eso, los humanos compartimos la capacidad de amar, de amarnos…
Solo con estos elementos, parciales y limitados, que compartimos todos los humanos, sería suficiente para descubrir el punto central de la cruz. Aquel punto de encuentro donde el círculo es infinito. Aquel lugar que no es ni vertical ni horizontal, es común. Un espacio que es humano porque es divino y es divino porque es humano. Un lugar donde cada uno puede ser más quien es: el musulmán puede descubrir la profundidad de su fe, el cristiano puede llegar a ser más y mejor cristiano, el agnóstico puede explorar el sentido del misterio, el solidario puede ampliar su generosidad; el luchador por la igualdad y la justicia puede encontrar aún más sentido a su empeño… Las etiquetas no desaparecen, sino que se sitúan al servicio de la condición humana que permite a un «todos» sin exclusiones entrar por aquella herida sin puerta del centro de la cruz, para encontrarnos y caminar la vida juntos.
La casa de todos
Encontrarnos en la casa sin techo ni paredes que aquel grito de Jesús ha construido para todos es posible. Una casa sin límites fundamentada en aquel instante en que en la cruz solo hay humanidad. Con aquel grito, Jesús borra el abismo entre lo humano y lo divino, elevando la condición humana a una categoría «divinizada», donde el encuentro es posible para todos. Porque todos somos humanos: hombre o mujer, de aquí o de allá, da igual lo que pensemos, lo que creamos, lo que hacemos o lo que dejamos de hacer. Si Dios es Amor, es también libertad, porque el amor es siempre libre. Por eso, la casa de todos no tiene paredes ni techo, no hay requisitos para entrar en ella ni para salir de ella. Es un punto de encuentro especial y único, situado en pleno Dios mismo. Ser consciente de ello o no, es secundario; creerlo o no, es secundario. El hecho importante es que, en aquel lugar, solo la condición humana nos hace iguales y diferentes. Es el lugar ideal para ejercer nuestra dignidad inalienable y nuestra libertad para buscar el sentido de la vida, explorar los misterios que nos trascienden, explorar los miedos, las incertidumbres y las dudas. Una casa acogedora para volver una y otra vez, porque allí se está bien, porque pudiendo estar allí ya hemos llegado a puerto, aunque sea por caminos muy diferentes.
Cualquier otra casa con paredes y techo, cualquier círculo limitado, no es el de Jesús. Solo el lugar del «todos» sin límites es el espacio donde se puede respirar el aire de la Trinidad, quizá sin saberlo. Un aire que nos acerca entre nosotros, manteniendo intacta nuestra singularidad. Un aire que nos estimula a seguir caminos diferentes, cada uno el suyo, para llegar, posiblemente, al mismo lugar, a la casa de todos. Vivir esta experiencia profundamente humana permite, pues, respirar el aire de lo divino, que no se ve, solo se percibe. Saber o no su procedencia, creer que viene de arriba o de abajo, creo sinceramente que no es esencial. Respirarlo, sí que es esencial, porque si no lo hacemos, morimos. Quizá no físicamente, pero muere nuestra humanidad en su más honda expresión: la apertura espiritual a lo desconocido.
Beber en las aguas de nuestra más profunda condición humana es una experiencia personal, ciertamente. Cada uno tiene que hacer la suya y, en el diálogo sincero y honesto con su conciencia, irá encontrando las respuestas éticas que orientan y dan sentido a su vida, a las cosas que hace y a las que no hace, a las cosas que pasan y a las que le pasan. Pero esto no queda recluido dentro de cada uno, porque conocer la hondura de lo que somos como personas humanas nos empuja inevitablemente al encuentro, porque somos seres relacionales por naturaleza. Y esta capacidad innata de dialogar, de crear relaciones nuevas, de buscar espacios de cooperación y colaboración, tiene unas repercusiones sociales innegables. La buena convivencia, en una sociedad plural y diversa, depende en buena medida de esto. Sin el cultivo de esta dimensión esencial de la persona, la convivencia agoniza en un baile de círculos cerrados, donde cada uno trata de llevar a los demás a su círculo. Imposición, manipulación y engaño; uso de la fuerza: de las armas, de los intereses, de la economía. Abuso torpe de las emociones, de los sentimientos; chantajes inaceptables, asimetrías que hieren o matan. Todo vale para tratar de ensanchar mi círculo, que será siempre limitado y que solo puede sobrevivir a base de la confrontación con los otros círculos. Lucha de poderes, peleas de patio de escuela. Todo esto debilita la convivencia, a menudo la maltrata; provoca sufrimiento, injusticia, desigualdad… Todo aquello que, en la casa de todos, sin techo ni paredes, no tiene cabida, porque allí solo hay espacio para el «todos» sin límites.
En la casa de todos, la condición humana es la red que acoge el sufrimiento, las limitaciones, las finitudes, las pérdidas, los vacíos… todo lo que es inherente a nuestra humanidad. Una red de relaciones que se va tejiendo con el amor y el dolor de cada persona. Un montón de encuentros que recuerdan el dolor y el amor de la cruz de todos, que traslucen aires de vida trinitaria. Ser conscientes de ello o no, da igual. Unos le pondrán una etiqueta, otros le pondrán otra, pero, al fin y al cabo, la única etiqueta que cuenta para vivir es la condición humana que compartimos, también con Jesús. No olvidemos que el círculo no tiene bordes, es infinito. Los cristianos creemos que Jesús, después de la muerte en cruz, al tercer día, resucitó. Pero, a veces, olvidamos quién encontró el sepulcro vacío: «Pasado el sábado, cuando clareaba el primer día de la semana —el domingo—, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro» (Mt 28, 1). Dios elige a dos mujeres, una de ellas de vida nada clara, para descubrir y anunciar el gran acontecimiento de la historia. Aquel sepulcro vacío, quizá es también aquel espacio, en el centro de la cruz, que el grito estremecedor de Jesús abrió, para hacer posible que la cruz no sea mía ni tuya, sino de todos. Una casa para todos, sin exclusiones.
Si Jesús se «despojó» de su condición divina, ¿no podemos nosotros «despojarnos» de las etiquetas que hemos adoptado para poder encontrarnos con todos? ¿No es necesario este encuentro sin límites en la vida de familia, en el barrio, en el trabajo, en la sociedad…? ¿No es respirar los aires de la vida trinitaria?
Decía el papa Francisco: «Ama como un padre, déjate amar como un hijo y difunde el amor por todo el mundo. Este es el “misterio” de la Trinidad, el resto son adornos». Respirar el amor, que es la vida de Dios mismo, y que envuelve la condición humana que compartimos, también con Jesús. Habitar el espacio de amor ilimitado e incondicional que Jesús abrió en pleno centro de la cruz con su grito desesperado de abandono. No hace falta mirar quién es consciente de ello y quién no, quién se lo cree y quién no. Lo importante es hacer todo lo que esté al alcance de cada uno para que el círculo no tenga límites y todos, verdaderamente, puedan disfrutar del punto de encuentro de la humanidad. El papa León XIV, en su segunda audiencia general del 28/05/2025, dijo: «Antes que creyentes estamos llamados a ser humanos». Su primera encíclica, del 15 de mayo de 2026, se titula «Magnifica humanitas». Allí donde somos solo humanos, sin ninguna etiqueta añadida, está el punto de encuentro con Jesús y con cualquier hombre o mujer, con la humanidad entera, sin exclusiones…
Quizá en este punto de encuentro de la cruz de todos, donde lo humano y lo divino se confunden y difuminan, radica la esencia del carisma de la unidad de Chiara Lubich. Fabio Ciardi concluye su librito Viaggiando il Paradiso1 con este párrafo:
«La primera y la última palabra con que comienza y termina, respectivamente, el texto del Paraíso 49, tal como he mencionado al inicio, me parecen del todo significativas de la parábola de este extraordinario viaje. La primera, que marca el comienzo del viaje, es “Abbà, Padre”: estamos en el seno del Padre, en el Paraíso. La última, que señala el final del viaje, es “hombre”, refiriéndose a su plenitud, que es Cristo: “Jesús es el Amor porque es Dios. Pero el amor con creces lo actuó Jesús Abandonado, que aparece solo hombre”. Estamos en la tierra con todo el Paraíso dentro. La tierra en el cielo, el cielo en la tierra. El Paraíso que continúa hoy entre nosotros…»
Y es quizá ese «solo» el que permite que la inmensidad del carisma de la unidad pueda penetrar hasta la médula de cada ser humano, hasta que «todos sean uno».
Fabio Ciardi, Viaggiando il Paradiso, Roma, Città Nuova Editrice, 2019, páginas 63-64. ↩