El papa León XIV, de perfil, sonríe a Patti Smith, que lo espera en la puerta con las manos juntas ante el rostro.
Patti Smith y el papa León XIV, durante su audiencia en el Vaticano (31 de julio de 2026). Foto: Vatican Media

¿Qué puede tener en común la madrina del punk con el papa? Patti Smith y León XIV nacieron en Chicago con ocho años de diferencia, pero ninguno de los dos permaneció por allí. Tampoco siguen el mismo equipo de béisbol y seguramente no han coincidido en muchas ocasiones. Parece obvio que no tienen referentes culturales o sociales en común. Pero… ¿Y si la película fuera distinta?

De entrada, Antonio Spadaro, un intelectual jesuita muy cercano al papa Francisco, describió la reunión del 31 de julio entre Patricia Lee Smith y Robert Francis Prevost como «una conversación entre dos viejos amigos que intercambian recuerdos tejidos con palabras, música, sueños, visiones y esperanzas». Amigos, a pesar de no haberse visto nunca antes. La cantante, poeta y escritora ha explicado que a la mañana siguiente ya echaba de menos a su nuevo amigo. Como si aún les hubiesen quedado cosas por decirse. Lógicamente, en las redes sociales algunos se escandalizaron ante una reunión que consideraban “herética”.

La vieja roquera —que a sus 79 años todavía pega patadas a los amplificadores— temblaba como una hoja cuando saludó al papa. Tomaron asiento frente a frente en la mesa antigua de una solemne sala vaticana y Patti Smith abrió fuego con su estilo original y despreocupado, pero, al mismo tiempo, con una voz entre temblorosa, traviesa y tímida:

—Hi, hi (hola)

Era una referencia directa al inicio de su tema Wave, de 1979, un sorprendente tributo al papa Juan Pablo I, que había fallecido recientemente. Entonces, con 32 años, a Patti Smith ya se la veía como una estrella del rock. Reverenciaba al «poeta maldito» Arthur Rimbaud y era mucho más fácil asociarla con roqueros rebeldes como Jim Morrison o Lou Reed que con poetas místicos católicos. Sin embargo, en aquel tema ya establecía un vínculo afectivo con un papa: Hi. Hi. I was running after you for a long time. I was watching for you… actually I’ve watched you for a long time. (Hola, hola. Hace mucho que te perseguía. Te estaba observando… de hecho, hace mucho que te observo).

Wave es el último tema de un álbum con el mismo título. Empieza con una declaración de amor a su futuro marido (Frederick) y termina, como hemos visto, con un mensaje de afecto universal. Parece que León XIV conocía la pieza y le siguió el juego:

—Hi.

La conversación duró 40 minutos y trataron temas que ocupan y preocupan a ambos: paz, derechos humanos, justicia social… El padre Spadaro interpreta así el encuentro: «Cuando se abrió esa puerta, ocurrió algo… se encendió una chispa, un momento que trajo instantes de ligereza, pero también un sentido profundo de emoción y de una misión compartida en este mundo desafiante.» Cuarenta y seis años después, aquella amistad imaginada con un papa se hizo, por fin, real.

Esta no fue la primera vez que los nervios jugaron una mala pasada a la artista estadounidense en un momento sagrado. Hace 10 años, al recoger el Nobel en nombre de Bob Dylan en Estocolmo, perdió el hilo a media interpretación de A hard rain’s gonna fall. Como un niño que se queda en blanco recitando el poema de Navidad subido a una silla. Los nervios la traicionaron, pero se ganó el corazón del solemne auditorio. Rebelde incluso cuando no lo pretende.

Si nos detenemos en la observación descubrimos que esa dimensión humana de fragilidad, calidez, ternura y familiaridad siempre ha formado parte de su esencia. De hecho, ella nunca se consideró una estrella del rock y cuando vio que corría ese peligro, tras el disco comentado, se casó con otra estrella rebelde del rock, Fred Sonic Smith, abandonaron los escenarios y pasaron casi una década haciendo vida familiar con sus dos hijos. Los vínculos de verdad, no el escaparate, siempre han sido su terreno.

Huyendo de cualquier etiqueta, Patti Smith tampoco acepta que se la reduzca a ninguna de sus otras facetas: ni a la de poeta, ni a la de escritora, aunque también es ambas cosas. De hecho, hoy muchos seguidores ya no le piden que firme portadas de LP, sino las solapas de sus libros. Sea en la electricidad que escupe su banda de rock, en los poemas y las letras de sus canciones, o en sus crónicas, siempre despunta una humanidad «desarmada y desarmante», por decirlo con una expresión de su nuevo amigo, Robert Prevost. Y esto llega a todo el mundo: tanto al Vaticano como al barrio de Queens.

El 31 de julio, al otro lado de aquella fría mesa vaticana, el interlocutor de la roquera, el papa de Roma, también rezumaba humanidad. Ya le habíamos descubierto esta faceta cuando nos visitó a primeros de junio. Su expresión entre tímida y familiar nos «desarmó» a todos: obispos, niños, prisioneros, diputados, jóvenes… Sus gestos eran tan intencionados como espontáneos. Y esto toca los corazones.

La hipótesis es clara: estas dos «p» -Patti y papa- son dos espíritus libres que vuelan muy por encima de las etiquetas que quieren encasillarlos. Está claro, viven esta libertad en contextos casi opuestos, uno al frente de una de las instituciones más antiguas de la humanidad y, la otra, expresamente fuera de cualquier organización. Pero están comprometidos con nuestro mundo, como demuestra su charla y todo aquello que dicen y hacen. Quizás ambos se identifican con la conocida máxima de San Agustín: «ama y haz lo que quieras».